El Código, los móviles y las bibliotecas
El estreno de “El Código da Vinci“, ha sido junto con la victoria finlandesa en eurovisión, la noticia del fin de semana.
Tras el exagerado éxito del libro era de preveer semejante movimiento recaudatorio en los cines. Pese al nulo valor literario del libro y su aún peor rigurosidad histórica creía que, en cambio, si podía salir una película entretenida, sin pretensiones, y aceptable si tenemos en cuenta su interesante temática (conspiraciones, sociedades secretas, búsquedas de tesoros) y el dinamismo de la trama.
Por contra el resultado es un film aburrido, lento, con interpretaciones muy justitas (mal que me pese por mi admirada Audrey Tatou) y con un ritmo narrativo que no termina de enganchar.
Pero el motivo de este comentario no es criticar la película sino comentar un pequeño detalle de la misma que, por defecto profesional, me llamó la atención.
En el libro de Dan Brown (Capítulos 92 y 95) los protagonistas (Robert Langdon y Sophie Neveu, Tom Hanks y Audrey Tatou en la película) tienen que buscar información para solventar uno de los enigmas sobre el Grial. Y que mejor sitio que una biblioteca.
Como el enigma en cuestión es acerca de un caballero enterrado por el Papa en Londres, acuden a la Biblioteca del Instituto de investigación de teología Sistemática, considerada una de las bibliotecas especializadas más completas y electrónicamente avanzadas del mundo.
Allí la amable bibliotecaria, cumpliendo con celo su cometido profesional, logra determinar, tras las pertinentes preguntas, las necesidades informativas reales de los protagonistas. Gracias a su ayuda, la excelente base de datos, un poco de serendipia y, por supuesto, el genio incomparable de Robert Langdon, logran resolver el enigma.
Ahora bien, todo este proceso (dos capítulos del libro nada menos) se sustituye en la película por una simple consulta al móvil. Durante un trayecto en autobús (la biblioteca les pillaba muy lejos), Sophie Neveu/Audrey Tatou tira de encanto para seducir a un joven iluso que, maravillado por su belleza y en plena efervescencia hormonal decide dejarles su teléfono para que accedan a internet y puedan resolver el enigma. Además, es precisamente este joven quien les asesora en la búsqueda.
Los motivos de este cambio argumental están bien claros: La productora de la película es Sony y el teléfono era un Sony-Ericsson (huelga decir que todos los móviles que aperecen en la película son de la misma marca).
Sin embargo, motivos espúreos fuera, se refleja una tendencia más que evidente a la hora de sustituir a la anticuada y obsoleta biblioteca (por muy moderna y dotada que sea) por una conexión a internet. Cada vez son más los usuarios que reconocen sentirse perdidos a la hora de buscar información en una biblioteca, por lo que prefieren la sencillez y simplicidad de buscadores como google.
Al menos no se aprovechan de los jóvenes en un autobús creando falsas expectativas.


